CEDESPAZ recuerda el 11 de septiembre… de 1973

“Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.” Salvador Allende

El 11 de septiembre de 1973 el mundo asistía horrorizado al Golpe de Estado en Chile contra el Gobierno Constitucional de Salvador Allende. La experiencia de la Unidad Popular Chilena había llevado al pueblo chileno a unas cotas de participación y desarrollo político y social nunca antes vistas en el país sudamericano. Dicha experiencia fue truncada por los intereses económicos nacionales e internacionales que nunca vieron con buenos ojos un Gobierno popular que no se comprometía más que con su pueblo y el programa político por el que fue llevado al Gobierno de Chile.

Lejos de centrar nuestra reflexión en este día en los traidores y asesinos de su propio pueblo deseamos recordar la figura de un hombre digno que fue leal hasta sus últimas consecuencias con su Patria y el Proyecto político que lo aupó al cargo publico que ostentaba. Un hombre, y un gobierno que entendió el momento histórico que vivía y que prefirió la muerte a traicionar a su Organización y al pueblo chileno que veía, en la Unidad Popular, cumplidas las ansias de progreso, de alfabetización, de sanidad publica, de solución a los problemas reales de pobreza y exclusión en que vivía.

Quede nuestro homenaje a los “imprescindibles” y nuestro olvido a los “cobardes”.
La primera característica que quisiéramos destacar de la figura de Salvador Allendees el constante patriotismo del cual hizo gala hasta el último instante.
Lo primero que le interesa es antes que nada la realidad chilena, la realidad concreta, verificable, emergida de la propia historia de ese territorio y del pueblo que lo habita.

Las condiciones de vida de ese pueblo, que él conoce como médico, fueron el sustento de su compromiso político. En un discurso en el Parlamento que data de 1937, justo después del triunfo del frente Popular en las elecciones legislativas, Allende proclamaba:
“ Pienso que Chile es una sola y gran choza, en la cual sólo hay un enfermo: todo el pueblo de Chile. […] Lo que este pueblo necesita es una legislación que se aplique en su integridad, y que vaya al substratum profundo de los males sociales, y que de una vez por todas terminen con el agio y la especulación, y que rompa la indiferencia del Gobierno ante los grandes problemas de interés nacional que subsistiendo en toda su crudeza, estrangulan a los sectores medios y propulsores del país.”
Cuando pierde, por muy poco, las elecciones presidenciales de 1958, Allende persiste en esa misma línea y en un discurso en el Senado habla de uno de los grandes temas de su campaña, la reforma agraria, no como un imperativo ideológico sino como una necesidad a la cual ningún partido ni ningún gobierno pueden sustraerse.


“ Tuve especial interés en ser yo, el candidato de los partidos populares, quien planteara al país la reforma agraria. Dicha reforma es un hecho social y económico imposible de detener en el país. Pero la planteé siempre  con la responsabilidad del hombre que ha estudiado, junto con sus compañeros, esta materia: convencido de que la economía de Chile reclama una reforma agraria; con plena conciencia de que la realidad social chilena la exige. Y por eso he repetido, hasta la saciedad, que estamos gastando cien millones de dólares al año para traer alimentos que podríamos producir. Señalé la necesidad de esta reforma porque conozco, como médico, los déficits de alimentación. ”

Desde entonces, la independencia económica y la justicia social se transformaron en los leitmotivs de Allende.
Durante los años del gobierno de Eduardo Frei , Allende denunció muchas veces el peso de los Estados Unidos de Norteamérica, -hoy en día perfectamente comprobado-, en la campaña presidencial de 1964, y la influencia norteamericana que privó de toda sustancia la “revolución en libertad” que se había propuesto llevar adelante la Democracia Cristiana. Cuando en 1970 accede a la presidencia de la República, Allende sufrirá brutalmente, hasta el golpe de Estado que fue su manifestación culminante, esta injerencia extranjera que se levantó contra el interés general, contra el interés nacional. Su muerte en La Moneda en llamas es la expresión final de la solida firmeza ética que demostró durante toda su vida de militante popular.
El Chile de hoy, después de 17 años de una dictadura implacable y 19 años de gobiernos que administran una transición negociada con los militares y con los grupos económicos que les apoyaron, este Chile, atraviesa, desde nuestro punto de vista, una grave crisis.
La crisis afecta a todos los aspectos de la realidad chilena, tanto política, como económica y social. La enfermedad económica de Chile reside en la no distribución de la riqueza, en el espantoso endeudamiento de los hogares, en el desempleo y la exclusión como efecto de la aplicación de las más salvajes políticas neoliberales las cuales se nos vendían como modelo a seguir. Todo lo que era privatizable fue privatizado, todo se convirtió en mercancia, comenzando por la educación y la salud.
La educación pública está en estado de agonía, los estudiantes y los escolares estuvieron los pasados años en la calle, y lo están una vez más este año, obligados a ocupar los locales de los partidos políticos para hacerse escuchar. Los del Partido Radical, los del PPD fueron ocupados y los del Partido Socialista también, por dos veces consecutivas, por la propia Juventud Socialista. Los dirigentes del Partido de Salvador Allende se contentaron con llamar la policía a su socorro, enviando a los jóvenes militantes a prisión.
La crisis actual es también una profunda crisis institucional de la que provienen la crisis política y el desamparo económico que achaca a la sociedad chilena. La transición de la dictadura a la democracia se hizo, en 1989-1990, con la condición expresa que la legalidad instaurada por la dictadura y el esquema económico imperante fuesen conservados.
Este acuerdo, concluido en secreto, evocado de vez en cuando incluso por aquellos que lo alcanzaron, nunca fue publicado. Chile vive pues, con una Constitución diseñada a medida por Pinochet y votada en 1980 en condiciones inaceptables: en plena dictadura, con un millón de chilenos exiliados por la fuerza, con decenas de miles en prisión, con miles de dirigentes políticos y sindicales desaparecidos en las mazmorras, sin listas electorales, y en medio del Estado de Sitio, sin garantías constitucionales.

Hoy recordamos, pues, un 11 de septiembre que se desarrolló mucho más al sur de la Isla de Manhattan, en que al pueblo de Chile se le condenó a la pobreza y al subdesarrollo.

Queden las últimas palabras de Allende como homenaje a su persona y a todo el Pueblo de Chile. Queden como homenaje a la dignidad, para que nunca más se olvide.
“Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición, pretende imponerse. Sigan ustedes, sabiendo, que mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”

CEDESPAZ.

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  • "Si sientes el dolor de los demás como tu dolor, si la injusticia en el cuerpo del oprimido fuere la injusticia que hiere tu propia piel, si la lágrima que cae del rostro desesperado fuere la lágrima que también tú derramas, si el sueño de los desheredados de esta sociedad cruel y sin piedad fuere tu sueño de una tierra prometida, entonces serás un revolucionario, habrás vivido la solidaridad esencial".
  • "Paz en todos los hogares. Paz en la tierra, en los cielos, bajo el mar, sobre los mares." Rafael Alberti.
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